Ayer disfruté mucho viendo la presentación del Máster de Tenis Inclusivo en la Caja Mágica en Madrid. Presentado por Ana Salas Lozano y Álex Corretja. Ver jugar en una pista juntos a Iván Corretja (con una prótesis de pierna) con Gabriela Sabatini y, por otro lado, a John McEnroe con Thalita Rodrigues, con un brazo amputado. Ojalá este tipo de eventos ayude a difundir la inclusión de todos los diferentes en esta sociedad tan individualista.
El deporte puede derribar barreras como pocas cosas. En una pista no importan el origen, la edad ni la condición física. Importan las ganas, el esfuerzo y el respeto por el rival. Por eso eventos como el Máster de Tenis Inclusivo son mucho más que una exhibición: dicen claramente que el deporte es de todos y para todos.
El tenis demuestra que un deporte puede adaptarse sin perder su esencia. El tenis en silla de ruedas es paralímpico desde Barcelona 92 y hoy forma parte de los grandes torneos del circuito. Su reglamento solo cambia en una cosa: la bola puede botar dos veces. Junto a él han crecido otras modalidades, como el tenis de pie para personas con amputaciones o prótesis, el tenis para personas con discapacidad intelectual o el tenis para personas ciegas, que se juega con pelotas sonoras. La raqueta es la misma; lo que cambia es la forma de abrir la puerta.
Pero la inclusión no se consigue solo con reglamentos. Hace falta visibilidad. Ver a figuras como Gabriela Sabatini o John McEnroe compartir pista con deportistas con discapacidad rompe estereotipos y despierta vocaciones. También demuestra que el talento y la competitividad no entienden de etiquetas. Muchos niños y niñas con discapacidad necesitan referentes en los que mirarse. Y muchas personas sin discapacidad necesitan descubrir de lo que son capaces estos deportistas.
También hacen falta recursos: clubes con instalaciones accesibles, entrenadores formados, material adaptado y competiciones abiertas a todos. Y, sobre todo, hace falta un cambio de mirada. Incluir no es «dejar jugar» a quien es diferente. Es entender que cada persona aporta algo distinto y que esa diversidad enriquece la pista.
Los beneficios van mucho más allá del marcador. Hacer deporte mejora la salud física y emocional, refuerza la autoestima, crea vínculos y da autonomía. Para una persona con discapacidad, una raqueta puede ser una herramienta de rehabilitación. También puede ser una forma de recuperar la confianza y sentirse parte de un grupo.
¿Y qué podemos hacer? Los clubes pueden abrir escuelas adaptadas, los colegios incluir el deporte adaptado en sus clases y quienes jugamos al tenis, ir a ver estos partidos y compartirlos.
Como bien dice Félix, vivimos en una sociedad cada vez más individualista. El deporte inclusivo nos recuerda justo lo contrario: que se juega mejor en equipo, que cada punto cuenta y que nadie debería quedarse fuera de la pista. Ojalá iniciativas como esta se multipliquen y lleguen a más clubes y colegios. Y ojalá dejen de ser noticia porque se han convertido en lo normal.
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